El litoral que reluce cuando se vuelve gris | Territorio Paradores

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Tiene que llover en la Costa da Morte para que haga bueno, para que sea el mejor momento en el que ir por primera vez a esta región costera de Galicia que vive a expensas y a merced de un mar violento. Tienen que hacer espuma las olas para entender, de la mano del guía Bernardino Martínez, por qué el Atlántico se ha tragado tantos barcos; por qué esas aguas oxigenadas entregan pescados tan preciados como los que se subastan en la lonja de Laxe, donde el secretario de la cofradía de pescadores acompaña al visitante para que aprecie el ojo cristalino de un abadejo casi vivo; para que la mariscadora Jacqueline Lista muestre la dureza del oficio en su piel, en el peso del rastrillo con el que desentierra berberechos y almejas en la ría de Camariñas. Tiene que hacer viento para conocer Muxía, donde con más inclemencia se instaló el chapapote que una grieta del barco Prestige dejó escapar en 2002. Fue este desastre ecológico el que explica la apertura en 2020 del parador de Costa da Morte, una forma de impulsar el turismo en este litoral que convierte su aspereza natural en encanto.

Dentro del parador

Parte del entorno

Inaugurado en junio de 2020, el parador de Costa da Morte se ubica en el término municipal de Muxía (A Coruña). Se trata de la última apertura de la red de Paradores, un edificio moderno desplegado sobre la ladera en forma de terrazas.

La playa de Lourido

Sus 63 habitaciones miran a un mar bravo y caprichoso, que solo se calma en verano. Todas las estancias, incluidos un restaurante con pescado y marisco del día, se asoman al Atlántico. Da empleo a 55 trabajadores. El porcentaje de clientes internacionales ha alcanzado el 20% este año.

Biblioteca al océano

Sin perder de vista el mar, los libros disponibles hablan de los frecuentes naufragios que esta costa ventosa de mareas peligrosas, donde se funden el Atlántico y el Cantábrico, propiciaba. También se puede leer sobre los oficios de la zona, como el de las percebeiras o el de las redeiras, que tejían las redes de pesca de los marineros.

Costumbrismo gallego

Una exposición permanente de fotografías en blanco y negro sobre la vida, el paisaje, la historia y la cultura gallegas aporta carácter al hotel. La imagen de este matrimonio de Muxía en torno a 1930 es de Ramón Caamaño. Cartas náuticas y esculturas de Francisco Leiro y Álvaro de Vega complementan la decoración del parador.

Agua dulce en la costa

El spa acepta clientes alojados y no alojados. Abre todos los días del año y cuenta con todos los servicios esperados. Una gran cristalera muestra la playa de Lourido.

Nuevo y lujoso

Una de las habitaciones del parador de Costa da Morte, el único de toda la red que recibe el nombre de la zona en la que se ubica. El hotel cuenta con dos ascensores panorámicos de desplazamiento diagonal para adaptarse a la pendiente de la ladera.

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Julio Castro, el director del parador, reconoce que la región ha cambiado mucho desde que abrió este hotel cubierto de verde encaramado al monte. Hay nuevos restaurantes y otros han modificado sus cartas, algunos han sustituido el menú de peregrino por otro más sofisticado, han surgido hotelitos, casas rurales y proliferado las viviendas de alquiler vacacional; ha aumentado el turismo, en definitiva. “El parador nace de una catástrofe, la del Prestige, y con su nombre hace honor a toda la Costa da Morte”, resume con tono cadencioso, mientras señala las cartas náuticas que decoran el hotel y recita nombres de cabos y de faros y de barcos. Atrapa lo marítimo, se quiere saber más. Y basta con preguntar.

“A nosotros nos parece todo normal aquí”, dice este gallego nacido en Fisterra, uno de los puntos más nombrados de esta costa pespunteada que forma pequeñas penínsulas y que suma unos 350 kilómetros desde Caión hasta Carnota, en la provincia de A Coruña. “Pero los clientes nos dicen que lo encuentran muy diferente al resto de Galicia, que es muy salvaje. No hay apenas edificación. Los efectos del mar que hay aquí no los ves en otras zonas”, abunda.

Naturaleza para los Sentidos

Actividades culturales, turismo sostenible, dinamización de la zona…
Cómo sacarle el máximo partido al entorno del parador de Costa da Morte

El mar domina el paisaje y dirige la vida, acapara las actividades con las que el visitante interpreta la dureza del terreno. Enmudece la excursión al cementerio de los Ingleses, en Camariñas, donde están enterrados los restos de 142 de los 173 marineros de la Royal Navy inglesa que murieron a causa del naufragio del Serpent, en 1890. Un lugar que sobrecoge no tanto por el hieratismo sino por la furia que el mar expresa a unos pocos metros de sus cuatro muros que, en un día de lluvia y viento, con las mareas desatadas, sitúa al visitante muy cerquita del peligro o, como describe Martínez, el guía, “delante de un punto fatídico”.

El cementerio de los Ingleses, entre la punta do Boi y la punta da Cagada, un punto fatídico en el que han muerto 245 marineros.
El cementerio de los Ingleses, entre la punta do Boi y la punta da Cagada, un punto fatídico en el que han muerto 245 marineros.Agostiño Iglesias

Martínez, también nacido en la zona –cuesta encontrar gentes venidas de otras partes–, explica que todos esos barcos que engulló el Atlántico, procedentes en su mayoría del Reino Unido, navegaban a cabotaje, sin perder de vista la costa. Para protegerse del viento se acercaban; para salvarse, morían. La niebla, las corrientes provocadas por el encuentro del Atlántico y el Cantábrico y los por entonces impredecibles cambios de profundidad de las aguas los hacían encallar. Hubo tantos naufragios en el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX que surgió el oficio de desguazador de barcos en la zona. “Culpaban a los gallegos de provocar los hundimientos. Nosotros también tenemos nuestra leyenda negra”, afirma Martínez mientras sostiene una foto de los únicos tres supervivientes del Serpent en la trágica punta do Boi. El investigador Rafael Lema cuenta 1.800 siniestros marítimos en el litoral gallego, casi la mitad de ellos, en la Costa da Morte.

A caballo también se llega al mar

Brais Martínez, de 33 años, puso en marcha hace dos años la empresa Acabalodabeiramar, con la que organiza paseos a lomos de yeguas que viven en semilibertad en Leis de Nemancos (Muxía). Se transita por una zona boscosa de pinos, castaños y robles que desemboca en la playa de Área Grande. No hace falta haber montado a caballo para disfrutar de este paseo de dos horas en el que el herrero y también domador equino insiste al visitante que tome las riendas, que no es momento de que el caballo se pare a comer, que ahora está trabajando. “Es un lujo llegar a una playa donde no ves a nadie”, cuenta en manga corta, ajeno a una humedad más representada en la vegetación que en el ambiente.

El instructor Brais Martínez, en el caballo que lidera la marcha, y un visitante transitan por una zona boscosa en Leis de Nemancos (Muxía).
El instructor Brais Martínez, en el caballo que lidera la marcha, y un visitante transitan por una zona boscosa en Leis de Nemancos (Muxía).Agostiño Iglesias

Los caballos son muy buenos y tranquilos, están muy centrados psicológicamente porque viven en manada, al aire libre, no tienen vicios de cuadra –no acumulan un exceso de energía–, explica Martínez. Están habituados a reaccionar bien si se cruzan con un tractor o un coche. En el inicio de la actividad se los va a buscar al campo y se los cepilla, el visitante ve que estos animales sociales no le van a hacer daño; se entabla una relación. “Los caballos van a intentar probar a la gente porque quieren ser dominantes”, afirma Martínez, también lugareño. Y esa es la gracia, no se trata de darle al acelerador y luego poner la pata de cabra.

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A 15 minutos en coche del parador se encuentra el faro de Touriñán, la punta más occidental de la Europa continental por donde se pone el sol. Se puede llegar andando, por la ruta de los faros, pero se requieren entre dos o tres horas y estar habituado a caminar.

Lara Sambad

Recepcionista 2 años en Paradores

El río Jallas forma la cascada del Ézaro cuando desemboca en el mar. Se encuentra al pie del monte Pindo (627 metros), al que se puede subir para disfrutar de una vista impresionante de la península de Fisterra y las islas Lobeiras.

Jorge Catalán

Gobernante 28 años en Paradores

Me gusta ir a ver el atardecer a la playa de Mar de Fora, que está a media hora en coche. Vas bordeando la costa y bajas a la arena. Se puede ir en cualquier época del año. La última vez que estuve había gente pescando en la orilla.

Iria Balseiro

Recepcionista 3 años en Paradores

Enfrente de Leis, al otro lado de la ría Camariñas, en la playa de Ariño, espera la mariscadora Jacqueline Lista. Se trata de un oficio, el de desenterrar almejas y berberechos, muy regulado para evitar las capturas furtivas y porque no se puede esquilmar la ría. Es una recolección rotatoria, como si se tratara de un campo, hay que dejar en barbecho algunas zonas para que se reproduzcan los moluscos. “Sembrar, trabajar y vigilar”, enumera Lista. Se requiere intuición y destreza con el rastrillo, un juego de aventuras pero muy físico, expuesto al tiempo y cubierta de agua hasta el pecho. “Cuanto antes haya capturado mi cupo del día, antes estoy tomando un café calentito con mis compañeras”, afirma. Son todas mujeres. Los hombres eran y son los que salen a faenar.

La mariscadora Jacqueline Lista sostiene el rastrillo con el que desentierra berberechos y almejas en la ría de Camariñas.
La mariscadora Jacqueline Lista sostiene el rastrillo con el que desentierra berberechos y almejas en la ría de Camariñas.Agostiño Iglesias

Amarrados están los barcos en el puerto de Laxe y a resguardo los trabajadores de la lonja en la que se subastan las capturas de los pesqueros que salieron a faenar a las 2 o 3 de la mañana, cuando se cambia la hora porque menos cosas suceden. Cuesta mucho que el pez se convierta en pescado. “Brilla que es una pasada. Esto es pesca artesanal. El año pasado se facturaron 2,1 millones de euros, mucho para Laxe, un pueblo de 2.300 habitantes”, se jacta Antonio Devesa, el secretario de la cofradía y guía en la visita. El lonjero fija de viva voz –aquí no hay pantallas– un precio a cada lote o pieza y va bajando: “¡12!… 11,90. 11,80. 11.70…” hasta que alguien grita “¡Mío!”, y se le deja un tiempo para examinarlo y decidir si se lo lleva. Ángeles Palla, que viste un forro polar, la prenda más habitual junto con el gorro de lana, es una de las compradoras. Se lleva abadejos, merluzas, pargos…, que luego vende a pescaderías de Santiago de Compostela y de otras localidades. Explora con sus manos grandes y rojas.

—Toca, toca. No le tengas miedo al pescado. ¿Ves qué terso está? Eso es que no se ha enganchado en la red, que no se ha dañado. Es buena señal, va a aguantar más. Y fíjate en el ojo, tócalo también, no puede estar saltarín. No basta con solo mirar las agallas al pescado.

CRÉDITOS:

Redacción y guion: Mariano Ahijado

Coordinación editorial: Francis Pachá

Fotografía: Agostiño Iglesias

Desarrollo y coordinación de diseño: Rodolfo Mata

Diseño: Juan Mayordomo

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