¿Cómo nació ‘Babelia’, el suplemento cultural de EL PAÍS? | Cultura

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Un amigo brasileño, que es un amante de Babelia, el suplemento cultural de este diario, al saber que yo había hecho parte del grupo que lo creó en 1991 me preguntó por qué no escribía una nota sobre aquella iniciativa que podría interesar a los jóvenes periodistas de hoy.

Yo era entonces, hace 14 años, corresponsal de EL PAÍS en Italia. Cuando el joven periodista Juan Luis Cebrián, tras haber fundado EL PAÍS, dejó la dirección del periódico y fue sustituido por Joaquín Estefanía, este me pidió que me volviera a Madrid. Me lo pidió con gran delicadeza durante un paseo por la mítica Venecia.

Ya en Madrid, Estefanía me pidió que me integrara al equipo que había sido encargado de crear un suplemento cultural que le faltaba al periódico, en el que ya escribían las mejores firmas de la nueva España democrática. El equipo del nuevo suplemento lo dirigía entonces José Martí Font, quien venía cada semana a Madrid desde Barcelona donde trabajaba en la edición catalana.

Juan Luis Cebrián, que nunca se conformaba con que el nuevo periódico no fuera el mejor, se quejó de que no contara todavía con un sólido suplemento de Cultura. Así, él y el nuevo director, me quisieron en el equipo por el hecho de haber estado tantos años en el extranjero.

Desde la fundación del periódico hubo, en efecto, una preocupación en darle un fuerte contenido internacional, dado que España había estado durante los largos años de la dictadura franquista con las ventanas cerradas al exterior. De ahí la idea de Cebrián de abrir cada día el periódico con la sección de Internacional, al revés de la mayoría de los diarios de entonces que abrían con las noticias de España. Recuerdo que aquella idea de abrir el periódico con Internacional fue elogiada en un congreso mundial sobre periodismo celebrado en Roma cuando yo era corresponsal.

Discutiendo sobre el nuevo suplemento cultural con Cebrián y Estefanía les aconsejé que lo primero era buscarle título creativo. Les recordé que, por ejemplo, el periódico sufría con su suplemento de los domingos por haber nacido sin nombre. El importante EL PAÍS Semanal, al no haber sido bautizado, fue llamado siempre de mil formas, como el colorín, el semanal, a secas, el suplemento dominical. Nunca tuvo un nombre propio.

Para el posible nombre se me ocurrió que podría llamarse Babel. Sí, como la Torre de Babel en Mesopotamia, cuna del nacimiento de la escritura. Sería una fusión de lo antiguo con lo moderno. A mis colegas del equipo les pareció buena la idea, solo que cuando pretendimos patentar el nombre ya existía. Quedé decepcionado y se lo conté a Manuel Vicent, quien tuvo una idea genial. ¿Por qué no crear una palabra nueva que evocara Babel? Por ejemplo, Babelia, que podría ser la región de Babel. Y fue él, quien en el primer número que salió el 19 de octubre de 1991 escribió una preciosa presentación evocando que si la Torre de Babel había sido construida con ladrillos, el Babelia de EL PAÍS sería construido cada semana con libros e ideas de cultura y de arte. Y así fue.

Los primeros números de Babelia eran creados en una comida semanal que el equipo, bajo la dirección de Martí Font, hacía en un restaurante de Madrid donde discutíamos los posibles temas del próximo número. La idea era que además de su peso cultural tuviera a la vez un aire de modernidad, tocando temas hasta curiosos como un número que dedicamos a los gordos, un tema entonces de moda en la prensa extranjera. Recuerdo que le hizo entonces mucha gracia a Jesús Polanco.

El día que Babelia cumplía el número cien de su publicación se me ocurrió que deberíamos hacer algo especial. Propuse dedicar todo el suplemento al tema de “la felicidad”. Fue aceptado y pensamos en buscar a cien personas de diversas categorías que escribieran diez líneas sobre lo que para ellas significaba el concepto de felicidad. Participó hasta Juan Luis Cebrián. Yo que soy mal coleccionador perdí el ejemplar que conservé muchos años.

Aquí, en Brasil, el periódico fue publicado en papel durante un tiempo en São Paulo y se distribuía también en Río de Janeiro. EL PAÍS era visto entonces por los progresistas brasileños como una especie de Le Monde en español. La experiencia, sin embargo, duró poco porque la edición salía demasiado cara. Lo que sí recuerdo es que muchas personas me decían que lo compraban sobre todo el día en que llevaba el suplemento de Babelia.

Hoy es un orgullo ver que, no solo en los países de lengua española, sino también en muchos otros, aquel nuevo suplemento cultural del diario, a pesar de todas sus transformaciones digitales, sigue siendo 33 años después de su nacimiento buscado, elogiado y citado hasta con afecto. Lo que no es poco en medio a la crisis y a las embestidas de hoy, incluso aquí en Brasil, contra la prensa tradicional que, con todas sus crisis, sigue siendo el mejor baluarte contra la grave amenaza mundial a los valores de la democracia.

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