Cuando las visiones inducidas por la ayahuasca inspiran a los artistas | Cultura

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A inicios de los 80, el artista peruano Pablo Amaringo empezó a pintar las visiones que le producía la ingesta de ayahuasca. Lo hizo por invitación del antropólogo colombiano Luis Eduardo Lima, quien luego publicó un libro con las descripciones de los lienzos. Las pinturas, llenas de colores, no solo representaban la fauna y flora de la Amazonía, sino también palacios celestiales y seres mitológicos. El Museo del Quai Branly de París hace referencia a su obra y a la de otros en una exposición que explora las relaciones entre el alucinógeno y la creación artística.

La ayahuasca se elabora a partir de una liana, que da nombre al brebaje, y las hojas de un arbusto llamado chacruna, donde se encuentra la DMT, un compuesto psicodélico. Al entrar en el cuerpo, la sustancia produce alteraciones en la percepción y puede provocar intensas experiencias emocionales.

La infusión es usada por un centenar de pueblos de la Amazonia con fines rituales y curativos. Pero también ha generado un creciente interés en el ámbito internacional, como demuestran las investigaciones sobre sus posibles beneficios terapéuticos y la emergencia de centros chamánicos que atraen a una clientela occidental.

‘Ayahuasca Dream’ (1994), de Robert Venosa.

La mezcla, conocida también como yagé, está prohibida en Francia y se encuentra en un limbo legal en España. Pero en Perú, los conocimientos y usos tradicionales vinculados con la ayahuasca se han declarado patrimonio cultural de la nación.

“Es un tema que despierta muchas pasiones, muchas oposiciones y tensiones. Me pareció interesante abordarlo desde una perspectiva diferente, a través del arte”, explica por teléfono David Dupuis, antropólogo y comisario de la exposición Visiones chamánicas. Las artes de la ayahuasca en la Amazonia peruana, que se puede ver hasta el 26 de mayo.

La muestra abre con dos murales pintados por una asociación local de Lima que reúne a mujeres del pueblo amazónico shipibo konibo. Ambos representan formas geométricas que se asemejan a laberintos de líneas claras. Son los llamados kené, una iconografía con múltiples significados que también se plasma en cuerpos, textiles y cerámicas.

Los diseños son una parte integral de la cultura de estas comunidades y suelen transmitirse de madre a hija. Sus orígenes están en la cosmovisión de este pueblo y según la creencia ancestral, se inspiran de la anaconda, que en su piel combinaría todas las variaciones de motivos. Pero también “hay toda una serie de discursos que asocian los kené a la [ingesta de] ayahuasca”, apunta Dupuis, que lleva más de diez años trabajando sobre el auge del turismo chamánico y la globalización del psicotrópico.

El colectivo shipibas Muralistas de Lima, por ejemplo, explica por correo electrónico que los patrones vienen en primer lugar de la planta del piri piri, cuyo extracto suele colocarse con una gota en los ojos de los niños pequeños. También cita la ayahuasca, que permite “canalizar las visiones en diseños”. El grupo está formado por cuatro artistas shipibas que migraron de Pucallpa, en la selva amazónica, hasta la capital peruana, donde han realizado más de 50 murales.

‘Sueños de sirena’, de Anderson Debernardi.

No todos reivindican ese vínculo. El etnomusicólogo austriaco Bernd Brabec de Mori, de la Universidad austriaca de Innsbruck, apunta por correo que los diseños se encontraron en cerámicas cientos de años antes de que empezara a usarse la ayahuasca. Los motivos que se conocen hoy en día emergieron en su mayoría durante la fiebre del caucho, cuando se empezó a usar el brebaje como medio de sanación. La relación entre los patrones y las visiones se remonta a “las últimas décadas”, señala el investigador, que estudió los diseños durante años.

Lo que le interesó al comisario Dupuis, sin embargo, es la manera en que las poblaciones de la Amazonia usaron la atracción que genera la ayahuasca como “modo de valorizar” su arte, su artesanía y su cultura. “El arte y la artesanía shipibo alcanzó notoriedad al mismo tiempo que el turismo chamánico”, señala el antropólogo.

La exposición revela cómo los kené se han insertado en el mercado mundial del arte, con artistas como Sara Flores, Chonon Bensho o Celia Vasquez Yui. Las tres viven en Perú, pero forman parte del Shipibo Conibo Center de Nueva York, una organización sin ánimo de lucro que busca valorizar sus creaciones, ahora expuestas en París. Pero la muestra también integra obras que rompen con la tradición de los kené y apuestan por un registro más figurativo, siempre relacionado con la mitología, el entorno y los modos de vida de las comunidades amazónicas. Y a veces, con las visiones inducidas por la ayahuasca.

Pintores shipibo-konibo

Es el caso de Pablo Amaringo, que junto al investigador colombiano Luis Eduardo Lima creó la escuela de pintura Usko Ayar en la ciudad amazónica de Pucallpa en 1988. O de Roldán Pinedo, que forma parte de la primera generación de pintores shipibo-konibo que emigraron a Lima, entre otros, para dar a conocer sus creaciones. De su pintura “La Visión del Arco Iris”, cuenta: “Es una ilustración del mundo que está en el arcoíris, que vi durante una ceremonia de ayahuasca. Pintar esa visión me pareció una evidencia”.

A través del arte, la exhibición busca reflexionar también sobre la globalización del brebaje, impulsado por el auge del turismo chamánico. Popularizado en 1963 por los escritores William Burroughs y Allen Ginsberg con Cartas del yagé, el creciente interés hacia este alucinógeno ha generado profundas transformaciones culturales y económicas en la zona. Y ha abierto el camino a la emergencia de otro arte, más psicodélico.

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