La obsesión en espiral de Peter Gabriel: 21 años para 12 canciones | Cultura

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Ha sido una de las noticias discográficas más relevantes, sin discusión, del final de 2023. Nuevo álbum de Peter Gabriel, que tiene un título tan escueto y rarito como en él es costumbre, (i/o). Nadie duda de que se trata de un trabajo soberbio. Sin embargo, detrás de los titulares de urgencia late una pregunta, o más bien un motivo de perplejidad para los millones de seguidores de quien fuera líder de los excepcionales Genesis hasta 1975 y firmante durante la década de los ochenta de grandes éxitos como Shock The Monkey, Don’t Give Up o Sledgehammer. No hay manera humana de explicarse por qué este hombre ha tardado 21 años en completar su nuevo álbum, un proceso tan obsesivo y puntilloso que seguramente no tenga parangón en toda la historia de la música popular.

El cómputo podría ser más elevado, en realidad: los créditos refrendan que el álbum incluye “esbozos” que ya comenzaron a materializarse en fecha tan remota como 1995. Lo cierto es que Gabriel retoma su discurso como solista (piezas reposadas, líricas, minuciosas, polirrítmicas y de espíritu cómplice con las músicas étnicas) donde lo había dejado, en su anterior álbum de composiciones originales, Up, en 2002. Y, al margen de reproches tácitos por su tardanza, al menos existe amplio consenso sobre las excelencias de esta docena de composiciones.

La web Metacritic, que recopila y evalúa críticas de los principales medios anglosajones, le concede una nota media elevadísima (87 puntos sobre 100), con reseñas entusiastas en los casos de los periódicos británicos The Telegraph, The Observer y The Independent. i/o (en apariencia, una abreviatura de los términos in y out, “dentro” y “fuera”; o de input y output) ha alcanzado el primer puesto en las listas de ventas de Reino Unido, Canadá y Bélgica; el número 2 en Alemania, el 7 en Estados Unidos y un más modesto 19 en el mercado español. Pero la pregunta del millón sigue sin encontrar una respuesta lógica: por qué invertir una eternidad en un trabajo que sigue la estela de las obras anteriores. Porque esta conserva, de hecho, la misma espina dorsal sonora de los últimos treinta y tantos años, con la guitarra de David Rhodes y esa base rítmica en la que interactúan Tony Levin (bajo) y el baterista Manu Katché.

Peter Gabriel, en 1986. LGI Stock (Corbis/VCG via Getty Images)

A sus 73 años, el también fundador del sello discográfico Real World o del festival de músicas del mundo Womad, esbozó algo parecido a una disculpa en la presentación de i/o, donde presume de que cada uno de los 12 temas ha inspirado sendas obras pictóricas, y apostilla, en pudoroso plural mayestático: “Los artistas visuales tienen ese mismo empeño obsesivo con el detalle que hemos desarrollado nosotros con nuestro trabajo musical”. En realidad, el carácter puntilloso se le ha ido agudizando a Gabriel con los años, pero le viene de lejos. A finales de 1980, en una entrevista para la revista Melody Maker, se sinceraba al respecto: “Los detalles me absorben y eso lo ralentiza todo. La inspiración puede llegar en cualquier momento y con eso me lo paso muy bien, pero convertir las ideas en canciones es un trabajo duro que requiere una gran disciplina y me lleva una cantidad desproporcionada de tiempo. Mi proceso de revisión es larguísimo (…). Puedo llegar a tener 40 o 50 ideas cuando empiezo a trabajar en un álbum, y eso hay que reducirlo a 10 o 12 canciones”.

Ojo: esa entrevista se remonta a los tiempos en que Gabriel asomaba por las tiendas cada dos años. Así sucedió en el caso de sus primeros cuatro álbumes solistas, para los que solo no invertía tiempo a la hora de encontrarles título: todos ellos lucían en portada su nombre escueto, con idéntica tipografía. Aquellas declaraciones de hace 43 inviernos las recoge el historiador y crítico musical Javier de Diego Romero (Madrid, 46 años) en su exhaustivo volumen Peter Gabriel: Un explorador musical y su tiempo, la primera biografía en español sobre este paradigma del perfeccionismo, que verá la luz en marzo en Ediciones Sílex. Tras consultar centenares de fuentes y artículos, De Diego constata que esa obsesión por el detalle ha ido a peor con los años. Cuando en 2002 publicó Up y los periodistas le bombardearon a preguntas sobre la década transcurrida desde su obra anterior (Us, 1992), él se explayó en los siguientes términos: “Disfruto tanto generando más y más nuevas ideas que no quiero terminar nada. A la hora de crear, parto de la periferia y trato de encontrar el centro haciendo espirales. Recuerdo que hablé de esto con George Martin [productor de los Beatles] y le pareció una pérdida de tiempo horrible…”.

Eran declaraciones acreditadas, pero el pragmatismo no parece la mayor de las virtudes de nuestro personaje. Su biógrafo español recuerda que las grabaciones para i/o comenzaron de manera “intensa” en 2005, nada más finalizar su gira de conciertos Still Growing Up. Por entonces, ya había confirmado en entrevistas con Mojo y Rolling Stone cuál sería el breve y extraño título del álbum. A la altura de 2008 reveló en La Presse que ya disponía de “unas 60 canciones”, pero empezó a dar síntomas de que circulaba sin levantar el freno de mano. “No tengo prisa, saldrá cuando esté listo. Además, la música no lo es todo en la vida. Acabo de ser padre de un niño, quiero pasar tiempo con él”. Las señales de alarma entre sus seguidores se agudizaron a partir de 2010, otra vez desde la revista británica Mojo: “De joven solía trabajar unas 100 horas semanales, pero ahora me dejo libres los fines de semana. Y entre semana estoy ocupado de 9 o de 11 a 5, y distribuyo ese tiempo entre la música, las actividades benéficas y los proyectos tecnológicos. Inevitablemente, mi producción musical será menor”.

Eran indicios desasosegantes, sí, pero desde esas declaraciones han transcurrido 13 años sin que Peter Brian Gabriel se haya molestado en pisar el acelerador. En realidad, el único que en apariencia no se ha inquietado ha sido él, que incluso tuvo el cuajo de abordar un elepé de versiones de autores ajenos (Scratch My Back, 2010), un álbum con arreglos orquestales para sus títulos más emblemáticos (New Blood, 2011) o una insólita gira en 2016 junto a Sting en la que ambos alternaban y se intercambiaban sus canciones de referencia. Muchas digresiones, proyectos alternativos y derivadas, pero ni media palabra sobre la finalización de un disco que acabó pareciéndose a una quimera.

Peter Gabriel, como parte de la banda Genesis en el Festival de Reading (Inglaterra) de 1972.
Peter Gabriel, como parte de la banda Genesis en el Festival de Reading (Inglaterra) de 1972.Michael Putland (Getty Images)

La parsimonia que ha exhibido durante todo el proceso es aún más sorprendente si reparamos en la cuestión biológica, en las premuras propias de la edad. En España, un cantautor tan reputado como el gaditano Javier Ruibal (68 años, cinco menos que el inglés), que entregaba sus álbumes cada cinco o seis años, ha pisado el acelerador sin disimulos en las últimas temporadas: publicó Ruibal en 2020, el poemario Coraza de barro en 2021, un álbum a medias con la gallega Uxía (De tu casa a la mía) en 2022 y, hace escasas semanas, un ambicioso disco temático titulado Saturno cabaret. Él, que siempre se jactó de “reivindicar el derecho a vivir en la vagancia”, justifica su actual hiperactividad sin circunloquios: “Uno mira su relojillo de arena y hay más arena abajo que arriba. Y, por suerte, experiencia y madurez, voy teniendo más bagaje a la hora de componer y me salen las cositas cada menos tiempo”.

Esas urgencias casi existenciales, esas prisas por ganarle tiempo al calendario, explican sin duda la frenética actividad que vienen desarrollando durante la última década vacas sagradas como el norirlandés Van Morrison o el canadiense Neil Young, ambos de 78 años, célebres en estas postrimerías de sus carreras por entregar dos, tres y hasta cuatro obras nuevas por temporada. Bob Dylan (82 años), máximo gurú de la vieja guardia, no es tan prolífico con el material de estreno, pero sigue inmerso en su gira inacabable hasta en el título (The Neverending Tour) y autoriza docenas de publicaciones extraídas de sus colosales archivos.

Frente a tanto frenesí, a Gabriel solo se le ocurrió ralentizar aún más la materialización definitiva de i/o con la insólita decisión de encargar dos mezclas finales distintas… para acabar publicando ambas. Porque este nuevo elepé puede disfrutarse en dos versiones distintas: Mark Spike Tent rubrica la llamada Bright-side mix (“mezcla luminosa”), mientras que Tchad Blake se responsabiliza de la “mezcla oscura” o Dark-side mix. Las diferencias son muy sutiles, pero el fan puede entretenerse comparando el sonido de las respectivas materializaciones finales. “Tchad es como un escultor que construye a partir del dramatismo y Spike trabaja más como un pintor, le encanta recopilar imágenes”, aclara el bueno de Gabriel.

¿Habrá merecido la pena tanto esfuerzo para acabar entregando un elepé sobresaliente, pero no muy distinto a So (1986), Us (1992) y Up (2002)? Seguramente solo Peter Brian Gabriel comprenda la necesidad de un proceso tan “laberíntico y tortuoso”, pero la misma sucesión de títulos en este nuevo álbum, desde Love Can Heal (“El amor puede curar”) a Road to Joy (“Camino de la alegría”), This Is Home (“Este es el hogar”) o Live and Let Live (“Vive y deja vivir”), le delata como un creador concienciado, crítico y analítico con el mundo alrededor, pero inevitablemente optimista. Y siempre puede mirar alrededor y aducir que en 2023 los mismísimos Rolling Stones pusieron fin con Hackney Diamonds a 18 años de sequía.

Ah, y los hay todavía más remolones. Cuando Paul Rodgers, líder en la década de los setenta de las bandas Free y Bad Company, asomó a principios de este otoño con su Midnight Rose, caímos en la cuenta de que su antecesor, Electric, aún tenía fecha del siglo pasado (1999). Así que, en puridad, Peter Gabriel y su i/o no se pueden atribuir el título de los más remolones de la historia del pop.

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