Lisa Ginzburg, escritora: “Sentimos solidaridad entre nosotras, pero te construyes comparándote con otras mujeres” | Cultura

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Roma es el telón de fondo de la complicada infancia que Maddalena, la narradora de Caparazón (Tres hermanas, 2023), evoca. Es también la ciudad a la que ansía volver y finalmente visita en el transcurso de esta novela, en un viaje que marcará un hito en su aburguesada vida como esposa de un diplomático y madre de familia en París. “La nostalgia que ella siente por ese lugar es el aspecto más autobiográfico del libro. Roma no es el paraíso perdido, sino el sitio que no puedes rescatar; alrededor de esa reflexión sobre la ciudad, las raíces, y la figura de la madre surgió esta historia”, explica al teléfono la autora, Lisa Ginzburg, desde la capital italiana, donde también ella creció, que ha dejado tres veces, y a la que regresó finalmente hace poco más de dos años. “Siempre que me mudaba, pensaba que no volvería. He tenido una relación muy ambivalente con Roma, he vivido en París y en Brasil, en total más de 16 años fuera en tres etapas. La pandemia aceleró mi regreso esta vez. Pero al volver no encuentras lo que añorabas, los amigos son más mayores y las cosas tienen un tamaño más pequeño de como las recordabas en la distancia”, asegura.

Caparazón es la tercera novela de las cuatro que lleva publicadas esta escritora de 57 años. Con ella fue nominada al premio Strega en 2021 y es la primera que se traduce al español (por Natalia Zarco). Pero el debut de esta autora se remonta a un libro de no ficción que editó en los noventa tras la muerte de su abuela, la gran escritora italiana Natalia Ginzburg. “Tenía 25 años cuando ella falleció. La veía mucho y estaba muy presente en mi vida. Ella sabía que yo deseaba escribir y me apoyaba. Dos años después de perderla, trabajé con su buen amigo Cesare Garboli en un libro que recogía las conversaciones que mantuvo en un programa de radio con Marino Sinibaldi en 1991. Aquella fue mi manera de declarar al mundo que quería ser escritora, un bautismo, como si dijéramos, en el que ella tuvo mucho que ver”, explica. Aquel libro se titula “es difícil hablar de uno mismo” (E Difficile Parlare di Se, Eunaidi), ¿lo siente así ella también? “Hoy parece que todos los escritores hablan de sí mismos, pero sigue siendo complicado”, responde con cierta ironía.

El nervio central de su novela es la estrecha relación de dos hermanas, Maddalena, la narradora, y la impetuosa Nina, un férreo vínculo que se remonta a la infancia cuando su madre abandonó la casa y su padre las dejó al cargo de una niñera. Esa intensa unión fraternal no caduca, aunque haya un océano de por medio entre las hermanas adultas. Su dependencia mutua y caracteres opuestos van dando forma al nudo de esta historia. “Son como el dios Jano con dos caras. Y creo que hay algo en la relación entre hermanas que es así. Cada una proyecta algo de la otra, es casi como si juntas formaran una criatura anfibia. Esa confusión y la necesidad de diferenciarte es lo que quise tratar. Al final, quizá solo se trate de aceptar las similitudes para poder así sentirte libre, porque si lo peleas no logras zafarte”, reflexiona.

Las relaciones familiares, el peso que esa extraña simbiosis genera, es un tema que sigue presente en sus libros, dice Ginzburg, hija del reconocido historiador Carlo Ginzburg. “Supongo que la pregunta que me hago es qué significa ser tú misma cuando tienes estos fuertes vínculos que te han hecho como persona”, apunta. “He pasado muchos años pensando en la familia, no solo mi abuela, también mi madre, y mi hermana han sido fundamentales en mi vida. Entre las mujeres se dan relaciones extrañas e importantes, es algo que está en nuestra naturaleza: sentimos solidaridad entre nosotras, pero te construyes comparándote con otras mujeres. Si tienes un hijo y estás con una mujer que no lo tiene o estás casada y la otra está soltera, esas comparaciones brotan. Las mujeres miran a otras mujeres y esto es complejo”.

La escritora Natalia Ginzburg y Maria Bellonci, en Roma, en 1963.Mondadori (Mondadori via Getty Images)

A la luz de otros libros recientes que tratan sobre las relaciones femeninas, valga como ejemplo la tetralogía de las dos amigas napolitanas de Elena Ferrante, ¿siente ella que hoy se escribe de otra manera sobre estas relaciones femeninas? “Claramente, las mujeres se miran unas a otras, como en otros tiempos, pero hay muchos tipos de mujeres, es importante compararse y luego no compararse en absoluto y quizá la parte más interesante del feminismo es reivindicar que cada una puede ser muchos tipos de mujer al mismo tiempo”, señala. “Estoy convencida de que hay cosas que están cambiando, pero sigue habiendo violencia y asesinatos, queda mucho”, dice. “Mi abuela dijo algo que parece una profecía, eso de que las mujeres estaban y estarían solas en su relación con los hombres”. Quizá no sea una sorpresa que en Caparazón ellos tengan un papel francamente secundario. “Sí, este es un libro sobre mujeres”, corrobora. También los hijos de Maddalenna extrañamente apenas aparecen en su narracción. “Creo que si has tenido una infancia difícil tiendes a comportarte con tus hijos de una manera opuesta a como lo hicieron contigo tus padres, Maddalena es fría y distante con los suyos”, afirma.

En Caparazón Gloria, la madre de las hermanas, desafía lo establecido y deja a su marido y a sus hijas, y aunque retoma el contacto afectuoso con las niñas, paga caro aquel desplante. “Es una mujer valiente que no encaja, y también una madre amorosa con un corazón enorme que tiene el coraje de decirles la verdad. Ese momento en que uno entiende a sus padres y sus decisiones es trascendental para toda persona”. En la novela hay otras mujeres, las novias del padre, las niñeras, la amiga de Maddalena en París. “El libro trata de cómo construir tu identidad con todos esos modelos femeninos a tu alrededor, cómo separar tu imagen de la de esas otras mujeres. Recuerdo muy bien lo que yo pensaba de las que me rodeaban cuando era pequeña. Observaba mucho a los otros. Pero la cuestión más adelante es cuánto espacio cedes a tu pasado, cuánto le dedicas porque es algo agotador y hay que sentirse libre”.

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