Los desternillantes cuentos de fútbol de Fontanarrosa o cómo amar a una pelota por encima de todo | Cultura

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Argentina, fútbol y literatura. Una santísima trinidad que ha tenido para sus fieles al escritor Roberto Fontanarrosa como uno de sus más luminosos apóstoles. Historietista, publicista, asesor creativo de Les Luthiers, cuentista, novelista y, por encima de todas las cosas, hincha de Rosario Central, el popular club de fútbol argentino que nació en 1889 de un grupo de empleados del Ferrocarril Central. Fontanarrosa falleció en 2007, a los 61 años, de esclerosis lateral amiotrófica (ELA); quedó su literatura, que ahora vuelve, por suerte para los futboleros, con el libro Puro fútbol (geoPlaneta), que reúne 24 de sus cuentos sobre este deporte, publicados entre 1977 y 2007 en varios libros y en prensa. En el prólogo, el periodista Enric González lo tiene claro al elevarlo como “el más grande y más divertido escritor de fútbol”.

El exfutbolista Jorge Valdano, que disfrutó de su amistad, coincide en esa apreciación y destaca, en conversación telefónica, que “lo más interesante de sus cuentos es que llevaba lo simbólico a lo real, sabía escarbar y sacar hasta la última sensación de un jugador o de un aficionado”. El Negro, como era conocido, se metía con enorme facilidad en la piel del delantero que iba a lanzar un penal o una falta que podía dar la victoria en el último minuto, y no digamos en la del del hincha que sufría o gozaba en las gradas.

Lo que, sin duda, logra Fontanarrosa son carcajadas. Era en verdad lo que le interesaba y no las glorias literarias. “No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: ‘Me cagué de risa con tu libro”, decía. Los cuentos ahora recopilados muestran un disparatado y delirante mundo futbolístico, moldeado con el lenguaje de la calle, de los aficionados, de los periodistas deportivos, de las charlas en un boliche. “Era una persona extraordinaria dentro de un envase ordinario que lo convertía todo en risas”, apunta Valdano.

Su relato más célebre y, quizás, el más desternillante, es ‘19 de diciembre de 1971′, también conocido como ‘El viejo Casale’, en el que un grupo de fanáticos de Central, ante el partido de máxima rivalidad rosarina contra el inimicísimo Newell’s Old Boys (del que es aficionado Valdano y en el que jugó) deciden repetir todo tipo de rituales que veces anteriores les dieron suerte y así espantar la mufa, el gafe.

El escritor argentino Roberto Fontanarrosa, en 2001.Gorka Lejarcegi

Sin embargo, para exorcizar la humillación sempiterna que supondría una hipotética derrota, descubren una certeza que los hará invencibles. Uno de los chicos recuerda haber conocido a un viejito enfermo de corazón que asegura no haber visto nunca perder en el estadio a Los Canallas, como es apodado Rosario Central. ¿Qué hacer para obligarle a que vaya al campo, pese a que él no quiere por su frágil salud? “Fue cuando decidimos lo del secuestro”, dice el narrador. Lo que sucede en las siguientes páginas son nervios, alegría, éxtasis…

Si ‘El viejo Casale’ está en lo más alto del podio, hay varios cuentos que rozan el larguero de lo excelso. Como ‘Los nombres’, en el que, como si fuera un radiofonista encargado de retransmitir los partidos, el autor muestra la gran importancia de los nombres de los jugadores cuando se está agarrado a un micrófono. Nombres eufónicos que “tienen que llenar la boca, que se los pueda masticar”, escribe. Por ejemplo, Marrapodi, perfecto para un portero que vuela, o Camaratta. “Pero, cómo puede haber un arquero García?, si queda en la boca esa sensación adormecida de cuando uno come pastillas de menta; volóóó García, qué mierda va a volar ese boludo”.

O el titulado ‘El Pichón de Cristo’, en el que un misterioso portero llegado en el último momento salva a su equipo con paradas milagrosas. En el vestuario, un compañero se percata de que el Pichón tiene unas extrañas heridas en las manos y “un raspón fulero en las costillas”. También, el magistral ‘Algo le dice Falero a Saliadarré’, en el que la discusión entre un veterano y un joven del Independiente de Avellaneda sobre quién de los dos debe lanzar un libre directo en el último minuto, que puede suponer el empate ante River Plate en el estadio Monumental, desencadena una cascada de reproches y desprecios… hasta la traca final.

Jugadores de Rosario Central celebran su victoria en el campeonato argentino ante River Plate en el estadio Monumental de Buenos Aires, en octubre de 2022.
Jugadores de Rosario Central celebran su victoria en el campeonato argentino ante River Plate en el estadio Monumental de Buenos Aires, en octubre de 2022.Rodrigo Valle (Getty Images)

A Fontanarrosa le encanta mancharse de barro, es cuando sitúa sus relatos en esos partidillos de la calle, entre chavales que no saben si serán 11 para poder jugar, no saben si vendrá el portero, si el que falta por llegar traerá el balón, si el balón estará desinflado… Él también los jugaba, pero nunca llegó a nada serio porque, como recuerda Enric González, Fontanarrosa decía que tenía dos pequeños defectos: “Uno es la pierna derecha y el otro, la pierna izquierda”.

Ello no le impidió, sin embargo, marcar dos goles en un amistoso entre veteranos que él y Valdano jugaron en el pueblo de este último, Las Parejas. “El Negro metió dos goles, uno de cabeza, pese a su artrosis. Después, le escribió una carta a su amigo el escritor colombiano Daniel Samper Pizano en la que le contaba el partido con toda la épica. Cuando empezó la carta había unas cuantas personas viendo el encuentro y cuando la acabó ya eran 30.000”, recuerda el exentrenador del Real Madrid, entre otros equipos.

El último relato, Viejo con árbol, con sabor a despedida, publicado en Clarín el año en que falleció, desgrana las diferentes artes —la música, la danza, el teatro— que un hincha puede apreciar en un partido de fútbol, aunque sea entre pibes en una cancha modesta… Es sobre todo un canto de amor a un juego que, como decía en una entrevista en EL PAÍS de 2005, “está muy bien pensado, es muy divertido y además es muy caprichoso: ¿por qué tenemos que manejar el balón con el pie, cuando todo lo hacemos con la mano?”.

En el volumen se echa en falta, eso sí, un buen glosario de argentinismos, de la jerga futbolera, para entendernos, por aquello del panhispanismo, como dicen los expertos. Y, sobre todo, para que no suceda como a aquel futbolista argentino que recién llegado a la liga española le espetó al árbitro ante una decisión que consideraba injusta: “¿Pero qué cobraste?” (¿qué pitaste?), a lo que el colegiado, sorprendido de que aquel tipo le insultara en su cara insinuando que estaba untado (comprado), le enseñó la tarjeta roja y lo mandó a la caseta.

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