Haruki Murakami, Premio Princesa de Asturias de las Letras: “El escritor tiene que profundizar hasta el segundo sótano de la conciencia” | Cultura

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Haruki Murakami (Kioto, 74 años) ha llegado este miércoles al teatro Jovellanos de Gijón, ante los aplausos de los fans congregados a la puerta, calzando unas zapatillas deportivas, de las de correr; porque Murakami además de escritor es un conocido corredor de maratones. El menudo japonés camina liviano y frágil, como si la gravedad le atrajese menos que al resto, y parece algo abrumado. Además de escritor y corredor, es un tímido declarado que siente cierta aversión a las comparecencias públicas y mediáticas. No se prodiga. Por eso la oportunidad de escucharle en Gijón ha sido muy atractiva para los mil miembros de 93 clubs de lectura de bibliotecas públicas asistentes al evento, muy mayoritariamente mujeres, que ha conducido la periodista de EL PAÍS Berna González Harbour. El autor nipón, eterno candidato al Nobel, es este año Premio Princesa de Asturias de las Letras.

“Aquí la comida es buenísima”, ha sido de lo primero que ha dicho en respuesta a la pregunta de una periodista por su estancia en Asturias. Luego ha ahondado en ciertas facetas de su obra. “El trabajo del escritor es bajar a las profundidades de la conciencia”, ha explicado. “Si la conciencia es una casa, con sus diferentes pisos, el escritor tiene que bajar, no al sótano, sino al segundo sótano”. Esa profundización en la esencia humana explica, a juicio del autor, que su obra sea bien recibida por jóvenes y mayores, hombres y mujeres, y gentes de diferentes culturas. En el fondo, muy en el fondo, en ese segundo sótano, todos somos muy parecidos.

Murakami tiene la voz grave y, a pesar de la timidez, cierta vis cómica que se ha visto potenciada al infinito por la dicharachera traductora simultánea en los auriculares. De tal modo que se ha registrado una hilaridad constante en la platea, no siempre por lo que el japonés ha dicho, sino por el desparpajo de la traducción, en un evento, por lo demás, trufado de contratiempos técnicos. Cabe preguntarse si el autor comprendía el motivo de tanta carcajada cuando muchas veces el mensaje no era tan gracioso, pero se le ha visto cómodo en el papel. Eso sí, según ha declarado, “el sentido del humor es más importante en mi obra que la soledad o la congoja”. Muchos nunca hubieran esperado que un encuentro con Murakami (y su traductora) fuera a ser tan divertido.

Autor de más de 20 novelas, varias decenas de relatos y más de media docena de ensayos, Murakami ha sido criticado por introducir en su obra demasiados elementos de la cultura occidental en detrimento de la tradición nipona, y no solo de la cultura pop, como ciertas canciones (es un apasionado del jazz; antes de escribir regentaba un club de esta música), sino también la preocupación por la conciencia individual, en la que el Occidente individualista contrasta con el Oriente comunitario. Su primera lectura occidental, Rojo y negro, de Stendhal. Y ha leído cuatro veces Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, “No creo que haya mucha gente que pueda decir eso”, ha señalado. Y eso que no le gustan los libros gruesos.

“Mi padre era profesor de literatura japonesa, y mi madre, hasta casarse, también”, explicó Murakami, “por eso me alejé de la literatura japonesa. Pero soy japonés, vivo en Japón, escribo en japonés y como comida japonesa. Ahora que mi estilo se ha asentado, ya no me critican por esto”. Un estilo del que el autor ha destacado la “belleza del ritmo y de la melodía”, en respuesta a las dudas de los clubes de lectura, que leyeron sus preguntas con solemnidad y entre frecuentes aplausos, que se intercalaban con las risas recurrentes.

Cuando tenía 29 años, Murakami escribió su primera novela. “Fue algo que cayó del cielo, al ir a ver un partido de béisbol en primavera, nunca imaginé que podría escribir algo así. Y así ha sido siempre y así sigo, esperando que sigan cayendo cosas del cielo”, ha relatado, abriendo los brazos hacia el cenit, a cuenta de su inspiración para escribir. Luego están las carreras. “Cuando salgo a correr, trato de no pensar en nada, de vaciar la cabeza, no es fácil. Pero escribir, sobre todo cuando son novelas largas, es exigente físicamente. Nunca me creen cuando lo digo”, ha añadido.

Murakami combina una narrativa sencilla, los diálogos lacónicos, con ambientes donde el realismo mágico se entrelaza con la ciencia ficción y temas como la soledad, el aislamiento, la búsqueda de la identidad o el amor. El particular cóctel literario, desde la novela Tokio blues. Norwegian wood (Tusquets), escrita en 1987, aunque publicada en España en 2005, cautivó a lectores por todo el planeta. “Me gustan autores como García Márquez, pero no me gustan los ismos. Así que más que realismo mágico creo que hago murakaísmo. No tengo maestros, ni discípulos. Soy solo yo. Es mi negocio”, ha concluido. Entre las inagotables risas del público.

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